Guantazo

El juez, con el halo de un maestro de escuela cabreado repartiendo regañinas, hasta el bigote de aguantar las insolencias de sus pupilos. Los alegatos de quienes promovieron la causa le parecen meras argucias y, además, no pertinentes al caso que allí se ventila. Los letrados, atenazados, en un palpable estado de azoramiento discapacitante para argüir con la profesionalidad requerida, y siempre prestos a protegerse el rostro con el antebrazo ante la seria posibilidad de un inminente guantazo. Y el testigo, descendido a regañadientes del Olimpo, arrogante, desdeñoso, mofándose de propios y ajenos con esa retranca —gallega, que no riojana— que cree legitimarle para responder con malas pulgas solo aquello de su agrado, sin reparar mucho en que decir verdad, aunque le perjudicara, es lo esencial en ese lance. De ahí lo de «jura o promete».

Para tratarse de un presidente de gobierno en activo, acorralado por la corrupción del partido que le aúpa y en el que pasta desde joven, no parece muy congruente la escena descrita. Para empezar, ya es sintomático que Rajoy actuara desde el principio al modo de un imputado, a la defensiva, más que como un testigo colaborador, deseoso de aportar información útil para la causa. Desmarcarse de todo asunto crematístico y entronizarse por encima de cualquier cuestión menor centralizaron su afán discursivo, defensivo a todas luces.  Recuérdese que previamente había maniobrado para escabullirse o, como mal menor, comparecer en plasma, sabedor del impacto mediático de esa imagen.  

Aun desde la mirada de un lego, resulta evidente, por un lado, que la estudiada escenificación atendía más a razones de imagen, de protocolo, que de verdad procesal. Una verdad que quizá no superara el control de seguridad de los tornos de acceso, tomando su puesto la socorrida verosimilitud. Qué importa que lo dicho se ajuste a la verdad, lo que sí tiene que resultar a cualquier precio es verosímil, «creíble», como apuntaba a posteriori el portavoz Maíllo. Por otro lado, esa socarronería, esgrimida por el testigo quizá para eclipsar sus escasas dotes dialécticas y retóricas, tampoco parece lo propio cuando se trata de dilucidar una cuestión tan gruesa como el saqueo de lo público perpetrado, supuestamente, mediante una trama delictiva construida desde su partido y de la que, por sentido común, no puede sustraerse. En todo momento, la labor del juez pareció centrarse en filtrar aquellos argumentos que pudieran incomodar al ilustre testigo, tomando tintes grotescos en cuanto este comenzó a ostentar su contrariedad. Sin ánimo, ni mucho menos, de cuestionar su supuesta autoridad jurídica o su integridad profesional y ético-moral, que desconozco, sí confieso haber sentido vergüenza ajena por el trato dispensado a los letrados, marcado por una hostilidad rayana al oprobio.

Veremos cómo queda la cosa. Por ahora, la verdad es que la representación del testigo no resultó creíble y que las formas del juez parecieron tendenciosas. Y todo tan normal, tan legal, con tanta moderación y tantísimo sentido común. Como debe ser. Si Juan José Millás, con su fino ojo, conceptuaba hace unos días a Rajoy de «normalizador», un servidor lo tacharía de perpetuador. Perpetuar a toda costa el nacionalcatolicismo, los tejemanejes de las élites, perpetuar el «que se jodan», perpetuar el ardid como metodología… Y, sobre todo, perpetuarse él mismo, amarrado al duro banco del palacio y del coche blindado, a las alfombras mullidas y a las prebendas del cargo que sufragamos todos a escote.

Entonces, visto lo visto, ¿concluimos que es demagógico o populista decir que existe una justicia para pobres y otra para ricos o poderosos? Sin duda, estamos ante una vieja constante, señalada ya en el siglo V por el papa Inocencio I: «[interpelando a los jueces] Siempre menospreciáis las causas de los pobres con dilación y tardanza, y las de los ricos tratáis con instancia. En los pobres mostráis vuestro rigor, y en los ricos dispensáis con mansedumbre». Y el ilustre testigo se fue tan pancho, arropado por su séquito de escoltas y palmeros.

José Urbano © 2017

 

2 comentarios

  1. Reyes García Jerez dice: Responder

    Hola José:
    Este, no novedoso atropello me “pilló” en Marruecos. Muy fino tu ojo, muy bien escrito. Mucho cabreo…

    1. Muchas gracias por tu opinión, querida Reyes. Gustoso me iba a Marruecos para atenuar al menos el incesante cabreo por la desfachatez que vemos a diario. Un beso 🙂

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