Primer capítulo de EL TAGARINO…

 

CAPÍTULO 1

 

El sueño de Florencia

 

Me siento desfallecido. El desgaste emocional que arrastro durante tantos años creo que acabará por abatirme. Mi estado es como una suave agonía que, aunque no exenta de agitación, tiene ya la impronta del abandono. 

No encuentro modo de calmar esta pena tan antigua que me embarga y que me oprime las entrañas, corroyendo una por una todas mis células hasta dejarme exhausto. Solo siento desilusión, desengaño, heridas que se obstinan en permanecer abiertas abrasándome los costados. Desaliento. Viene a mi memoria la sentencia de aquel hombre sabio que conocí en mi adolescencia: «En este mundo no hay que aspirar a la tranquilidad, que solo nos llegará en la tumba. Además, las personas especialmente amadas por Allah serán sometidas a duras pruebas, dándoles así la oportunidad de probar su privilegiado rango». La evocación de estas palabras, que recuerdo literalmente en boca de sheikj Abdellah Talidi al-Tanjawi, sí consuela algo mi desazón. 

Pero me produce tanto dolor cada pensamiento que solo el sueño eterno podría aliviarlo. De hecho, en los últimos meses, he imaginado el fin de esta vida como algo dulce y liberador. ¿Es que no hay manera de que acabe esta angustia? Me quedé ya sin fuerzas para presentar batalla a la vida.

Desde aquel 15 de septiembre de 1506 que salí de Granada por segunda vez, he viajado por Francia, Flandes e Italia. He recalado en las mejores imprentas tratando de consolidarme en mi oficio. Solo tengo agradecimiento para los maestros que me apoyaron con cariño. Debo decir que el estar ocupado, componiendo libros y tratando de aportar mi grano de arena al incipiente mundo de la tipografía, ha sido como la tabla de salvación de un náufrago en medio del océano. De haber estado más ocioso, solo Allah sabe qué sería de mi vida, pero probablemente no estaría aquí ahora escribiendo estas líneas.

Estoy solo en mi entrañable buhardilla, en un viejo edificio sobre el Puente Vecchio de Florencia. Me siento aquí varado como un viejo barco exhausto ya por tantas tempestades. Llevo siete años y medio residiendo en esta ciudad, adonde llegué tras un periplo por varias ciudades europeas. Colaboro con la prestigiosa imprenta de la familia Giunta. Este taller mantiene varias sucursales repartidas por varios países. Fue precisamente en la de Salamanca donde me facilitaron una carta de referencias tras mi breve estancia camino de Amberes. Esa carta ha sido la llave para que me acogieran sin preguntar en esta imprenta matriz de Florencia.

Filippo de Giunta, el gran maestro, responsable de este imperio editorial, ha sido mi benefactor desde que llegué. Desde el principio trabamos una excelente sintonía, que ha ido aumentando con el tiempo, hasta tratarnos casi como padre e hijo. El año pasado me ofreció en matrimonio a su nieta Renata, a ver si así aliviaba algo mis cuitas, pero le revelé respetuosamente la lealtad que tenía hacia Beatriz, por lo que mis anhelos seguían anidando en Granada. Si queda alguna estabilidad en mi espíritu se la debo a él. Gracias, don Filippo, le estaré agradecido mientras viva.

Debo decir que yo soy el primer sorprendido de mi larga estancia aquí. Llegué pensando que sería otra más de las breves visitas de mi itinerario, unos meses quizás. Sinceramente creí que no tardarían en llegar las noticias que esperaba de Granada, que pondrían fin a mi voluntario exilio. Pero entre que estas no llegaban y las facilidades que aquí me han dado, se ha ido estirando esta etapa y, casi sin darme cuenta, han pasado más de siete años.

Salvo don Filippo, que conoce algunas pinceladas de mi historia, nadie aquí está al tanto de la realidad que azora mi ánimo. Algunos me han preguntado sobre la pena honda que, según dicen, refleja mi rostro, pero yo resto importancia al asunto, pues tampoco es cuestión de ir explicando nuestras congojas por doquier. Otros, la mayoría, me creen perfectamente integrado en Florencia, a la vista de mi labor en la imprenta y de los méritos que me atribuyen. Resulta curiosa la percepción que tenemos de los demás, y el abismo que media a veces entre la apariencia y la realidad de una vida. Don Filippo es diferente. Él es de esas personas capaces de leer el brillo de los ojos y el significado de una mueca en el entrecejo.

Anoche tuve un sueño de esos que al despertar sabes que es trascendente. Amanecí empapado en sudor y muy agitado. Siempre pensé que los sueños son información privilegiada que Allah nos regala aprovechando que estamos desprevenidos, ya que en el mundo consciente solemos armarnos de variopintos subterfugios para aliviar nuestra existencia, lo que distorsiona nuestra receptividad. Este sueño ha sido especial, no sabría decir por qué. Esta vez siento que debo actuar en consecuencia. Aunque fue una sucesión de visiones fugaces, quiero hacer un esfuerzo y plasmarlo aquí para ayudarme a escudriñarlo. 

Vi un navío pequeño, del estilo de las galeotas, surcando el manso Mediterráneo; mi añorada casa de Granada desde varias perspectivas; Beatriz, mis padres, mi querida hermana Fátima; Gonzalo Fernández de Córdoba, carismático y majestuoso. Olí el hedor de varios hombres muertos abandonados en los caminos. Evitaba unos charcos de sangre absorbidos por la tierra seca. Apareció un gigantesco dedo índice acusador, señalando al frente, no hacia arriba. Mucho humo; una hoguera descomunal con la punta de su llama desafiando al cielo. El arzobispo Talavera de rodillas. Blancas gaviotas picoteando la cabeza de unos niños indefensos. Familias enteras caminando lentamente con sus enseres cargados sobre sus espaldas. Soldados cristianos a caballo desafiantes, haciendo ademanes con una risa burlesca que traspasaba sus celadas. Oscuros rostros que reflejaban ambición en los ojos. Ahmed rodeado de caballos blancos. Olí el perfume de una higuera con una sombra desproporcionada. Otra vez el navío en el horizonte…

Pero son imágenes inconexas, sin aparente orden ni concierto. La más repetitiva era mi hermana Fátima. Representaba nuestro ansiado reencuentro después de estos años; pero ella lucía la lozanía de los diecisiete años que tenía cuando partió para el norte de África; y en cambio yo mostraba los signos del deterioro que obró en mí estos trece años alejado de mi familia. Me abrazaba con lágrimas en los ojos. Se sorprendía, creo que decepcionada, por mi aspecto más de adulto que de niño. Me repitió en varias ocasiones: «Vuelve, Sahid, vuelve con nosotros». Encontré a mi padre muy envejecido, con su chilaba blanca demasiado amplia para su mermada envergadura, y sus brazos extendidos hacia delante ofreciéndome un abrazo de bienvenida, con un gesto noble expresando sin palabras que no había nada que justificar. Aparecía mi madre sentada junto a mí en un diván amarillo, con sus manos cogiendo las mías, arropándome. Me vi a mí mismo agazapado en la cueva de Busquístar durante mis tres años de clandestino. Beatriz, esquivando la mirada, como avergonzada, con un semblante muy triste.

Ahora que lo he revivido, mi pálpito es que debo abandonar mi soledad y reunirme con mi gente en Mostagán. Ahora siento con mayor claridad. No hay duda, ese es el significado del sueño. Debo reunirme con mi familia, y tratar de recuperar el tiempo perdido.

Nos separamos hace una eternidad, el 20 de enero de 1502. Yo había cumplido el día anterior dieciocho años, y ya tuve que lanzarme al abismo, obligado por una clase política intolerante que no podía soportar la presencia de musulmanes en las tierras recién conquistadas. Creo que fue el día más demoledor que recuerdo en toda mi vida, y eso que he tenido que pasar por trances amargos. Pero como ese día ninguno. Ver partir a mi familia hacia el destierro, cargando sus personas y pocos enseres sobre acémilas, es una imagen que me ha acompañado todos estos años, con una impotencia que me quema el alma. Habíamos decidido abandonar nuestra casa todos juntos. Ellos a su exilio africano y yo hacia un destino incierto, desprovisto de cualquier plan, sino el de resistir como musulmán en mi tierra y la de mis descendientes desde hace siglos. Yo no era un extranjero, ni un intruso. Soy español de pura cepa, aunque, eso sí, de creencia musulmana.

Siento un gran alivio en cuanto asimilo esta determinación. Es como el merecido reposo después de la contienda. Ya había barajado en algunas ocasiones abandonar todo y reunirme con mi familia, pensando que era lo más juicioso dadas las circunstancias, pero mi obstinación por permanecer en al-Ándalus, en un acto de resistencia contra aquella gran injusticia, me había llevado a desecharlo. Quería evitar a toda costa una victoria de los opresores, aun sabiendo que en realidad ya nos habían vencido valiéndose del engaño y la traición. Espero que no sea ya demasiado tarde. ¿Vivirá mi padre todavía? Allah permita que así sea. Tendrá ahora sesenta y cuatro años, ¿y mi madre? Mi dulce ummi, ¡cuánto habrá sufrido pensando en su hijo ausente! Nunca podré recompensarles lo suficiente por este tiempo de separación, que no de olvido.

Oficialmente ahora soy un cristiano nuevo, un tagarino. Estoy legitimado para viajar con salvoconducto en regla amparado por mi condición de maestro impresor. No soy un hombre rico, pero sí de economía desahogada. A estas alturas se me conoce más como Hernando de Granada, nombre que elegí al convertirme en falso al cristianismo, que como Sahid al-Kurtubi, mi auténtico nombre. Hablo por igual el idioma árabe y el castellano, y también conozco bien el latín. He tenido que aprender las argucias para poder sobrevivir en este mundo de lobos. Pero Allah sabe que en mi interior no he renunciado a mi creencia ni un solo instante, conservando intacto mi orgullo como musulmán. Observo cada día mi azalá. No he probado en mi vida el sabor de la vedada carne de cerdo, aseo mi cuerpo como prescribe el islam y nunca intoxiqué mi sangre con licores embriagantes. 

Durante los últimos años me he visto obligado a llevar una doble vida. El islam contempla el disimulo —takíya— en determinadas circunstancias en que la vida corra peligro. Y lo que hemos vivido los musulmanes españoles en los últimos quince años se ajusta de sobras a ese supuesto. 

 

 

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