Un encargo del sultán

 

A mis primos Manuela y Juanma

 

Nuriddín era un artesano atípico. Unos años atrás se había topado de bruces con el universo de la cerámica al conocer a Ismael de Yecla, un excelente maestro en la materia, quien se convertiría en su iniciador. En la primera visita al taller de Ismael había quedado fascinado con aquella magia capaz de transformar una pella de barro un insignificante trozo de tierra en un precioso tibor o una provechosa tetera. Pronto reparó en que para esta manufactura alquímica se confabulaban con exquisita precisión los cuatro elementos naturales: la tierra, el agua, el fuego y el aire. Fue un flechazo que cambiaría su vida.

Tras trabajar algunos meses en el taller de Ismael decidió que esa sería su profesión. Aparcó su actividad en el ámbito de la Economía, medio en el que se había formado hasta entonces, y se dedicó de lleno al ancestral oficio de los ceramistas.

Por azares de la vida instaló su primer taller propio en lo que había sido una capilla del siglo XVII, aneja a un caserón milenario en medio del Valle de la Infanta, utilizado desde hacía más de mil años por los reyes portugueses como finca de recreo. Nuriddín permaneció más de un año enclaustrado en su taller, con la única compañía de una vieja radio de pilas y de los naranjos que aparecían tras el ventanal. Pasaba los días, y algunas noches, encerrado en su cueva investigando las propiedades de arcillas, engobes y pigmentos, recordando nociones básicas de química ya olvidadas y realizando innumerables pruebas con los materiales que intervienen en el delicado proceso. Este fue su lugar de estudio y de concienzudo trabajo, donde aprendió de forma autodidacta algunos secretos del arte y de la técnica. 

Hacía unos meses que se había establecido con su familia en este remoto país oriental, tierra natal de su segunda esposa Latifa. En un pequeño edificio de adobe que levantó con sus propias manos y la ayuda inestimable de su leal ayudante Taib, había construido un horno con ladrillos refractarios y los enseres que necesitaba para ejercer su apegado quehacer: una enorme mesa de roble, anchos caballetes, amplios anaqueles, taburetes… todo fue diseñado y fabricado por aquellas cuatro manos deseosas de organizar un entorno sencillo pero cómodo donde trabajar largas jornadas.

Casi desde el principio, quizás impelido por sus primeros encargos, Nuriddín había decantado su labor hacia el terreno de la cerámica como complemento de la Arquitectura: murales, fuentes para jardines… todo ello decorado a base de preciosas estructuras geométricas o abstracciones de inspiración vegetal. Los antiguos motivos persas y turcos eran la fuente de la que nutría sus propias composiciones, que poco a poco habían ido adquiriendo prestigio como trabajos ejecutados con delicadeza. 

También de manera gradual se fue conociendo en la ciudad de Nazzira la existencia del taller de Nuriddín. Todos los días aparecía por allí algún curioso atraído por el calor humano que imprimen los talleres artesanales. Todos eran bien recibidos. Taib se ocupaba se servirles té con hierbabuena y de contestar cumplidamente las típicas preguntas acerca de los procesos del oficio. Taib se convirtió en un excelente maestro de ceremonias, adquiriendo gran habilidad para hacer ver a los visitantes, sutilmente, el valor de la mesura. Ponía exquisito cuidado en que estos no entorpecieran la concentración de Nuriddín, quien procuraba mantenerse al margen para no distraer la necesaria atención en su trabajo.

Paulatinamente fueron llegando encargos de los vecinos más pudientes de la ciudad. La agenda del taller empezaba a funcionar, aunque su economía se resistía a despegar. Hay que decir que los precios que Nuriddín ponía a sus trabajos eran bastante asequibles tratándose de elementos de cierto lujo. Un mural o una fuente se encarga con el estómago lleno. Para el común de la gente suelen existir otras prioridades, pero los más desahogados de recursos tienden a patentizar su estatus con elementos ornamentales exclusivos. Y si están firmados, mejor.

Era habitual la presencia de niños en el taller. Cuando no había alguno de los cuatro hijos de Nuriddín, era Rachid, el único vástago de Taib, quien estaba por allí trajinando con un trozo de barro intentando sacarle alguna forma. A pesar de su corta edad conocían la fragilidad del entorno y solían estar con compostura. Para ellos era un juego, pero sabían respetar el trajín de los mayores.

Un buen día, al atardecer, se presentó en el taller un personaje bastante peculiar. Ni la alcandora que vestía, ni el turbante, ni su impoluta sobreveste de lino eran corrientes. Tampoco era habitual su enorme envergadura. Poco le faltaría para las cuatrocientas libras de peso a aquella mole de ébano de porte majestuoso. Taib quedó algo desconcertado ante la figura del visitante. Como hacía con todos, le invitó a tomar asiento mientras preparaba los arreos del té. Nuriddín había salido a la mezquita para el azalá de la tarde. Tras interesarse por algunas cuestiones básicas sobre la industria, el visitante se presentó:

—Me llamo Sheikj Mohammed al-Kanduri, y soy el mayordomo privado del sultán —dijo en un tono protocolario, pero exento de ostentación.

Taib enrojeció ligeramente por la emoción del momento, comprendiendo de repente a qué se debía la peculiaridad que había percibido en el visitante, pero seguía desconcertado preguntándose para sí cuál sería el motivo de su visita. ¿Se trataría de algo relacionado con la burocracia, cuestión de licencias o normativas? ¿Habría algún problema? De momento, pensó que lo propio sería identificarse él también.

—Yo soy Taib ibn Omar, señor, humilde asistente del maestro Nuriddín al-Andalusi. ¿A qué debemos el honor de su honorable visita? —Taib sacó lo mejor de sus términos ceremoniosos intentando estar a la altura de las circunstancias.

—Pues verás, hijo, ha llegado a oídos de Su Majestad el Sultán la excelencia de los trabajos que salen de este taller, y me ha pedido que os visitara al objeto de haceros un encargo. ¿Será eso posible? Por favor, decidme que sí pues el empeño de Su Majestad es notorio.

—Antes que nada, he de decirle el enorme honor con que recibimos sus palabras, señor, pero yo solo soy un modesto asistente sin potestad para decidir acerca de nuevos encargos. En unos minutos regresará mi maestro, y a buen seguro tratará de servirle con la mayor diligencia —ni el propio muchacho se creía el tono tan excelso que estaba usando. Para ser la primera vez que trataba con alguien relacionado con la realeza no lo estaba haciendo nada mal, pensaba el muchacho.

Mientras hacía tiempo para que regresara Nuriddín, Taib empleó los siguientes instantes en explicarle de forma muy gráfica algunos entresijos de la cerámica, haciendo hincapié en la exclusividad de los trabajos firmados por el taller y atribuyendo todo el mérito a las cualidades de su maestro, como si él no interviniera para nada en las tareas. Esto complació al visitante.

Enseguida entró Nuriddín por el portón. En un acto instintivo, el visitante se levantó de su asiento para saludarle. Taib agradeció la deferencia. Tras las salutaciones y preliminares, tomaron el té juntos y se pusieron manos a la obra. Era evidente el cariño con que el visitante trataba a Nuriddín.

El encargo consistía en tres murales —uno de ellos muy grande y los otros dos de tamaño más reducido— y una pequeña cúpula de interior para el rincón preferido del sultán. En el terreno artístico no hubo ni una pequeña instrucción por parte del cliente: todo quedaba a criterio del maestro. Ajustaron detalles, precios y fechas y se dieron la mano en señal de aprobación.

—Me permito decirle, Sheikj Mohammed, que tengo una norma para los trabajos de cierta entidad: en estos casos prefiero conocer el entorno preciso donde serán instalados. Esto me ayuda enormemente para el diseño. ¿Ve usted alguna objeción en ello? —preguntó Nuriddín con su cadencia pausada.

—En absoluto, hijo. Además lo veo muy conveniente, y me complace la idea. Solo ese detalle denota una intención clara de hacer bien su trabajo. Dígame un día y le mandaré un chófer para recogerlo y llevarlo a palacio.

—El jueves, pasado mañana, si le parece bien.

—Perfecto, hijo. El jueves a las diez de la mañana estará el coche en la puerta, inshaallah.

Como estaba previsto, ese día allí estaba el enorme Jaguar blindado, de color gris oscuro metalizado, con la insignia de la casa del sultán y el chófer con su uniforme blanco impecable. Le esperaba un viaje de casi tres horas de ida y otras tantas de vuelta. 

Las pocas ocasiones que Nuriddín se ausentaba del taller, Taib quedaba, orgulloso, al mando y custodia de la industria. Al pie del cañón, como gustaba decir. Nuriddín sabía que su asistente era de fiar, por lo que podía marchar tranquilo. Realmente se trataba de un buen encargo, que supondría una buena inyección de dinero y de indudable prestigio para la firma, por lo que esta vez Taib quedó como comandante del cuartel inmerso en una nube de satisfacción y con una sonrisa de oreja a oreja.

Pero la alegría con que despidió a Nuriddín se convirtió en una especie de éxtasis a su regreso por la noche. A pesar del cansancio del viaje, el maestro relató a su pupilo los avatares de su escapada. 

Le contó los agasajos que había ordenado el sultán para él, y la enorme deferencia que le había dispensado este en persona, continuando con la descripción del palacio y sus salones, de los jardines, las caballerizas, el ingente ejército de servidores… Había sido como un sueño de un día, difícil de expresar con palabras llanas. Ante la contención del maestro al relatar pormenores, Taib preguntaba acerca de todo, dando rienda suelta a sus delirios de niño de pueblo que de repente descubre un mundo de fantasías que tanto complace a los orientales, y hasta ahora inalcanzable. Pero el entusiasmo del joven aprendiz topaba con la parquedad del también joven maestro, que con esfuerzo logró mantenerse en una postura sobria sin ocultar por ello su gran satisfacción por aquel encargo que podría significar un antes y un después en su carrera de artesano.

—¡Hay que ponerse a trabajar, Taib! Tenemos una gran tarea por delante, y no demasiado tiempo. Quieren aprovechar que están realizando unas reformas en el palacio principal para instalarlos mientras estén allí los albañiles y demás operarios.

—¿Cuánto tiempo has estipulado? Miedo me das con lo optimista que eres siempre para los plazos de entrega.

—Cuatro meses.

—¿Cuatro meses? Con el debido respeto, maestro, cuatro meses son escasos para nosotros y demasiado tiempo para que duren las obras de reforma. O muy grandes son las tareas de esos albañiles, o mucho me temo que cuando les llevemos nuestros trabajos ya habrán volado de allí.

—No pasa nada, Taib. Tampoco hace falta que les llevemos todo junto. Podemos entregarlos conforme se vayan acabando. Y en el caso de que ya se hayan marchado los albañiles, que vengan otra vez, y si no, los instalamos nosotros mismos. No problem, muchacho. Pero… Aquí tenemos que atinar, Taib, este no es un encargo cualquiera.

—Lo sé, maestro —contestó Taib con un curioso gesto mezcla de turbación y entusiasmo.

A la mañana siguiente se pusieron manos a la obra. Habían quedado en verse en el taller a las siete de la mañana, una hora antes que de costumbre, porque como era viernes, antes de que el sol tomara fuerza tenían que ir al hammam para su baño semanal y después a la mezquita para el azalá del yuma’a. Pero Nuriddín tenía empeño en empezar a planificar los pasos de inmediato, e imprimir fluidez a la labor desde el primer día. Tiempo habría para los parones y frenazos que casi siempre sobrevienen en medio de la función.

Nuriddín decidió empezar por la cúpula, cuyo proceso tenía mayor complejidad técnica. Empezó por abocetar la construcción de un molde de yeso, una especie de tajada de un cuarto de esfera que serviría como base cóncava para el montaje de los mosaicos. Empezó construyendo una terraja con cuatro tablas arrumbadas en un rincón del taller. La fijó a un eje metálico vertical y tras deslizarla cientos de veces para adelante y para atrás con pellas de yeso fresco, el molde quedó concluido a su satisfacción. Mientras se secaba el yeso, Nuriddín comenzó a trabajar en el diseño geométrico que iba a utilizar. Era la primera cúpula que proyectaba, y su forma esferoidal variaba sustancialmente los esquemas con respecto a las superficies planas, que es el soporte más habitual trabajando con azulejos o teselas. Pero lo que no se sabe se puede aprender. Ese era uno de sus lemas vitales, y que había hecho que aquel artesano joven se convirtiera en un maestro ceramista reconocido con nota en la profesión.

El diseño elegido fue una sencilla composición geométrica a base de estrellas de ocho y dieciséis puntas, octágonos y cuadrados, con un colorido espacial en el que predominaba el azul cobalto y el color del acero. La merma de casi un décimo de su tamaño que sufre una pieza de arcilla al secarse al natural —sin haber intervenido todavía el calor del horno—, ocasionó en esta ocasión más dificultades de las previstas, pues esta disminución de medidas no es homogénea por depender de variados factores. Esto provocó unos desajustes a la hora de cerrar el círculo: no abrochaba bien. Este fracaso inicial dio al traste con decenas de horas de trabajo, pero Nuriddín, lejos de amilanarse, afinó los detalles hasta resolver el problema. 

Tres semanas después, la cúpula estaba terminada. En los ratos muertos durante las largas cochuras, Nuriddín había ido abocetando los diseños de los tres murales, aunque la idea básica la tenía ya en mente y la desarrollaba y diseccionaba a cualquier hora del día o de la noche.

Ahora había que llevar la cúpula al palacio tal como estaba pactado. La pieza no pesaba en exceso. Una sola persona fuerte como Nuriddín podría manejarla con cierta seguridad, pues la había fabricado usando materiales ligeros y tratando de no incorporarle ningún peso innecesario. Pero lo propio eran dos personas.

Nuriddín tenía una furgoneta muy vieja, que de puro cansada ya había sucumbido al despotismo de la belleza, a la que tenía mucho apego por el inmenso servicio que había ofrecido a su familia durante los últimos años. Entre el poco gasoil que consumía, que parecía más un milagro que otra cosa, y que su ronco rugido, aunque ya aminorado por los años, sonaba limpio y amistoso, era un instrumento valiosísimo en el quehacer del maestro, del que no querría desprenderse nunca. Pero, francamente, su aspecto exterior ofrecía un deterioro que Nuriddín consideró impropio para presentarse en el palacio del sultán, que en su interior albergaba decenas de lujosos automóviles de altísima gama. Aquella vieja nave, con su chapa color calabaza herida y restañada mil veces tras sus largos periplos, ya no era presentable. Primer error, y grande.

Nuriddín pidió el favor a su amigo Ibrahim Newton, un médico inglés instalado en Nazzira años atrás y con el que tenía una estrecha amistad, de llevarlo en su todoterreno al palacio —segundo error. 

—Así de paso verás un palacio fastuoso, que no se ve todos los días —argumentó Nuriddín para motivar al doctor. Extrañamente, lo dijo con un cierto tono de pavoneo. 

El doctor Newton aceptó encantado. 

Emprendieron el viaje un sábado por la mañana. El dominio del palacio, una vez superada la valla —la muralla más bien— exterior, era como un hormiguero de operarios de todos los ramos, entregados con afán a sus quehaceres. Ya en el tajo Nuriddín preguntó por el arquitecto. Fue avisado por teléfono portátil y tardó en venir como quince minutos a bordo de un espectacular automóvil, y acompañado por el decorador jefe. Todavía con la cúpula embalada, el decorador, el afamado John Membrilla, ya hizo un comentario bastante insolente, con la intención de reafirmar su divismo y marcar la jerarquía de aquella transacción. Nuriddín ya había notado que a este le molestaba que desde las altas instancias le hubieran impuesto su encargo, pese a que le beneficiaría a él con el tiempo. Pero fue tan grosera su actuación, que el arquitecto, como máximo responsable, le llamó al orden poniéndolo a medir la pared en presencia del artesano, a quien guiñó un ojo en señal de complicidad, lo que rebrincó más todavía al petulante decorador.

Pero no sería este el único exabrupto de la visita. El doctor Newton era un hombre de excelentes virtudes como persona y de una excepcional valía como médico. Su ojo clínico era infalible, dotado de una intuición finísima para detectar el desarreglo físico en las personas. Pero, por no tenerlo todo, sufría un carácter vanidoso que afeaba mucho su porte. Había desarrollado una tendencia enfermiza a sentirse el centro de toda reunión. El médico de cabellera rubia y ensortijada sufría de forma ostensible cuando se sentía relegado a un segundo o tercer plano. Quizás se tratase del famoso narcisismo. Empezó por sentirse ajeno a lo que se cocía allí entre artistas, viniendo a martillear su orgullo el pensamiento de que él allí era solo el taxista. Comenzó a deambular de acá para allá y de allí para aquí de forma errática. En una de sus venidas intermitentes intentó introducir su película en el trato, con tan poca fortuna que al arquitecto le bastó con una mirada para hacerle ver su inoportunidad. En el rebrinque, el doctor se apartó de la reunión y se sentó a los pies de un olivo cercano, se lió un cigarrillo de hachís y se lo fumó plácidamente. Una pareja de agentes de seguridad privada no les quitaba ojo. Nuriddín, algo turbado, no sabía para dónde mirar. También pasó por su cabeza que quizás la manera de que menos le afectara la escena sería, efectivamente, otorgarle el papel de chófer al doctor Newton, aunque su perfil no cuadrara con la situación. 

A pesar de que la cúpula había fascinado al arquitecto, aquella segunda visita al palacio había resultado atípica, con un punto de extravagancia que para nada había buscado Nuriddín.

En los días sucesivos comenzó a preparar los trabajos preliminares para los dos murales pequeños. Estos debían complementarse entre sí con alguna gracia de la simetría, ya que serían instalados a ambos lados de la puerta principal del palacio, justo donde se detienen las limusinas para evacuar a tan altos dignatarios. Simultáneamente Nuriddín y Taib tuvieron que ejecutar otros pequeños encargos que ya tenían en agenda con plazos comprometidos.

Cada mural era un cuadrado de ciento ochenta centímetros de lado. Largas tiras de papel vegetal, cual sábanas semitransparentes, ya mostraban los cientos de estrellas, pentágonos, lazos, lágrimas y almendrillas. También sería el azul cobalto, en varias tonalidades, el predominante, combinado con el blanco de circonio y el color acero. En este caso, Nuriddín diseñó unos espacios para pintarlos con oro líquido, que aplicado antes de la tercera cochura, imprimiría al trabajo un aire regio.

La mesa de trabajo primero, y los caballetes después, comenzaron a tomar vida conforme aquellas estructuras geométricas iban dejándose ver. El proceso era lento y minucioso, siendo imprescindible un pulso templado y anchurosa paciencia. Las miles de horas trajinando con pinceles y colores que Nuriddín atesoraba le imprimían una soltura excepcional. Todavía podía trabajar sin espejuelos, pero a veces notaba ya su vista agotada.

La capa de oro, que debía aplicarse sobre el color ya esmaltado y cocido, había de ser muy fina —cosa que agradecía el maestro dado su elevadísimo precio—, ya que una mayor cantidad de oro impedía que durante la cochura apareciera el peculiar brillo del noble metal. Esto añadía cierta dificultad. Además, por tratarse de la última tarea del proceso de pintado, Nuriddín le otorgaba mucha importancia, deslizando el fino pincel de pelo de marta con una suavidad casi imposible. Aquella fase evocaba una liturgia alquímica. Del color cobrizo que ofrecía antes de entrar al horno, pasaba al luminoso brillo del oro en cuanto soportaba el golpe de calor que suponía mantenerlo durante más de un día hasta alcanzar los mil grados. Y después enfriarse lentamente hasta poder abrir la portezuela del horno, instante este que supone un trance para el artesano que se enfrenta a la acción de múltiples factores que ocurren dentro del atanor sin que él pueda intervenir, y que pueden provocar alguna sorpresa indeseada y dar al traste con muchísimas horas de trabajo.

Sería infrecuente que alguna de las ochenta y una piezas que formaban cada mural no se rompiera durante la cochura. Y especialmente durante la última, en la que ya habían soportado el enorme calor en tres ocasiones. Y además suele ocurrir que al estallar una pieza dentro del horno caiga sobre la que tiene debajo, y esta a su vez sobre la siguiente, cual efecto dominó. Este desastre es habitual y nada tiene que ver con la pericia del maestro, que debe estar prevenido. La enorme transformación que sufren los materiales —la propia arcilla, los pigmentos, los óxidos minerales…— se produce a base de numerosos y sutiles procesos físicos y químicos, y cualquier pequeña variación inaparente puede provocar un irreversible fracaso en la obra. En esta eventualidad radica parte del misterio del oficio.

Era domingo por la mañana, bien tempranito. Taib abrió la portezuela del horno. De esa tarea se ocupaba él casi siempre. Tras una primera observación rápida no parecía haber ningún desastre. Dentro estaba el primer mural. Todavía quemaba, por lo que se enfundó los gruesos guantes. Cuando enfrió un poco, con cierta impaciencia, fue sacando una a una las gacetas que hacen de soporte a las baldosas, que sobresalían de aquéllas dos dedos por cada lado. Antes de sacarlas, aún reverberantes, de su alojamiento ya se podía visualizar casi la totalidad del trabajo. A Taib se le fueron los ojos de golpe a una de las baldosas del medio. Le había parecido ver una delgadísima fisura en el canto. Sacándola unos centímetros de su raíl, una observación más precisa corroboró la rotura. 

La rajita no era profunda ni larga, pero Nuriddín al verla dijo sin pensarlo: «Esta hay que rehacerla». La decisión era entre dos opciones. La más cómoda sería dejarlo pasar con la esperanza que una vez colocada no se aprecie la fisura, si es que no acaba de romperse antes en cualquier otra manipulación. Y la segunda era repetir la pieza desde el principio —arduo trabajo—, a riesgo de que en una nueva cochura puedan variar las tonalidades del color, y sabiendo además que retrasaría la entrega bastantes días. 

Diecinueve días después estaban los dos murales pequeños terminados, y la pieza rehecha no presentó variación de tonos respecto a sus adláteres. Los tres tonos de azul habían resultado muy luminosos, y el nuevo color empleado —una formulación que había obtenido Nuriddín mezclando una docena de minerales molidos— ofrecía un color metálico oscuro pero muy brillante, razonablemente similar al esperado. La duda del maestro en este color exclusivo era el comportamiento del manganeso durante su cocción. Aunque había superado todas las pruebas previas, este mineral es muy inestable en su aplicación como esmalte y podría ocasionar algún disgusto.  Pero no. La doble composición geométrica gozaba de equilibrio formal y armonía en su colorido. Tenía toda la apostura de un mandala. Nuriddín quedó satisfecho de la tarea. Ahora había que entregarlos.

Para este viaje, Nuriddín habló con Abdelkáder, un joven arquitecto de Nazzira, que aparte de ser cliente suyo era su amigo más íntimo en la ciudad. Su precioso Audi color cereza tenía un buen maletero.

Esta vez el control de seguridad a la entrada del palacio no fue estricto, aunque les pusieron un coche de seguridad con dos agentes como escolta para sus movimientos en el interior del recinto amurallado. Ya había marchado la mayoría de los operarios de las reformas. Solo se apreciaba un selecto retén para los remates y algunos carpinteros. Uno de los salones principales estaba repleto de toda clase de muebles aún embalados, lámparas y multitud de objetos ornamentales envueltos todavía en kilómetros de plástico de burbujas.

Abdelkáder era un hombre de una sobriedad portentosa. Su rostro era anguloso y su plante enérgico. Tenía una densa barba teñida de alheña de un palmo, que lucía como si fuera un estandarte. Su aspecto destilaba un aire misterioso, con cierto olor a santidad. Era de pocas palabras, con un matiz de hosquedad en su talante y un desastre en las relaciones sociales, por su tendencia a aislarse en su mundo. Escudriñaba de forma curiosa toda la obra recién terminada, deteniéndose en detalles arquitectónicos que pasarían inadvertidos para el común de los mortales. Pero lo que le faltaba de emotividad en su aspecto externo le sobraba de curiosidad. Como arquitecto, tenía el hábito de observar cualquier edificación al alcance de sus ojos y desmenuzar su estructura mentalmente. Gajes del oficio. 

Uno de los escoltas no cesaba de mirar la extraña expresión de Abdelkáder. Estaba desconcertado por la forma de observarlo todo del arquitecto, aunque allí nadie, excepto Nuriddín, conocía la titulación o profesión de Abdelkáder. El guardaespaldas solo veía a un tipo barbado, muy extraño, que no lanzaba piropos a la majestuosidad del entorno, y que inspeccionaba todo con una mirada demasiado curiosa. Le cuchicheó algo a su compañero, quien asintió con la cabeza. Unos segundos después hablaron por el aparato de radio. Nuriddín comprendió la situación, pero, una vez más, poco podía hacer al respecto.

Coincidió también que el arquitecto de palacio estaba de viaje, por lo que quien les atendió fue el descortés decorador John Membrilla, que además no tenía un día muy bueno y enturbiaba con su endiosamiento cualquier conversación. Nuriddín no deseaba prolongar la estancia más de lo necesario. Las instrucciones técnicas para la instalación de los murales eran sencillas. Todas las piezas estaban numeradas y en el interior del embalaje de madera encontrarían un plano a escala del diseño. Su ubicación ya la tenían resuelta desde la primera visita. En la próxima ocasión vería la cúpula que ya estaba instalada en el rinconcito más íntimo del sultán, que también se había ausentado mientras concluían las obras.

Con cierta precipitación, Nuriddín y su amigo Abdelkáder abandonaron el palacio.

Tras dos meses y medio de fragoso trabajo, en que hubo de sortear bastantes complicaciones, Nuriddín tenía delante de sus ojos el último trabajo encargado. El enorme mural ocupaba todo el taller, pero el maestro sabía que una vez en su emplazamiento definitivo, un extenso espacio abierto, aparentaría la mitad de su tamaño. 

Habían sobrepasado en quince días los cuatro meses estipulados. Realmente había sido una época agotadora, de un asombroso despliegue de trabajo para un solo hombre, pues la mayor parte del proceso era cosa personal del maestro. Taib, siendo su trabajo de gran importancia, se ocupaba de funciones más mecánicas o pesadas, sin intervenir apenas en cuestiones artísticas. Nuriddín pensó que en cuanto entregaran este último mural cerraría unos días el taller y aprovecharía para hacer un pequeño viaje con su familia. 

Visto lo visto, Nuriddín decidió esta vez ir él solito con su vieja furgoneta al palacio. Esa era su realidad y no iba a avergonzarse a esas alturas de su penuria. Por la tarde se pusieron él y Taib a limpiar el vehículo con esmero. 

Sucedió que cuando aún no estaba seca la chapa, llegó al taller Mahmud, un amigo suyo pobre de solemnidad. Venía a pedirle que le hiciera el transporte de su mudanza a una nueva casa, sabedor de la báraka que rezumaba aquella furgoneta y de que no le iba a cobrar ni un céntimo por el servicio. Y debía ser irremediablemente a la mañana siguiente, cuando estaba previsto el viaje al palacio. Nuriddín pensó que no había problema en hacer primero el servicio a su amigo, y después, por la tarde, realizar el suyo propio.

La mudanza resultó demasiado complicada. La nueva casa de Mahmud estaba en una inmensa hondonada del terreno, y para acceder a ella había que sortear unos precipicios de vértigo. La bajada no revistió dificultad. Otra cosa sería la subida. Era tan empinada la cuesta que la vieja nave, aún sin carga, no podía ya con su alma. Luego de cinco intentos fallidos, sacando toda su raza a riesgo de quemar el motor, pudo superarla. Fue tan enconado su esfuerzo que el agua que refrigera el motor hervía como un infierno, emanando un olor preocupante. Pudo llegar de vuelta al taller, pero Nuriddín, sudoroso por el agobio, valoró con prudencia que la furgoneta no ofrecía garantía en ese momento para un viaje, por corto que fuera.

Sobre la marcha tuvo que cambiar de planes. Estaba ya atardeciendo. De repente pensó en Bilal para el acarreo. Este era un poeta de aire místico, asiduo visitante del taller y alma mater de la tertulia literaria semanal que organizaba en su mansión.

Después del azalá de la tarde, emprendieron el rumbo y llegaron ya de noche, mala hora para llegar a ningún sitio y menos por una transacción profesional.

Esta vez, los agentes de seguridad retuvieron a Nuriddín y a Bilal en la misma sala de control que había junto a la entrada. La actitud de los uniformados era distante, desconfiada y hasta un tanto intimidatoria. Nuriddín pensó que en cuanto dijera que debían avisar a Sheikj Mohammed al-Kanduri, el mayordomo privado del sultán, la bienvenida se endulzaría.

La espera en aquella sala se prolongaba. Bilal era un hombre ya maduro, con el aspecto algo excéntrico de los poetas, muy campechano y de fácil sonrisa. Si le daban pie, se convertía en un fino seductor con las artes de los encantadores de serpientes. De inmediato localizó a un guardaespaldas de aspecto más parlanchín. Lo sedujo con facilidad con tres frases de las suyas. 

Como gran amante de la tecnología, comenzó a preguntar al guardaespaldas sobre detalles técnicos concretos de muchos de los aparatos de seguridad. Que si este escáner, que si esta cámara de lente así o asá, que si este detector, que si las parabólicas… Orgulloso de su quehacer, el cándido guardaespaldas respondía con amplitud, añadiendo pormenores un tanto delicados, lo que aumentó la inocente curiosidad del poeta, que cada vez afinaba más en sus comentarios y preguntas, algunas ya casi indiscretas.

En cuanto se percató de la situación, el guardaespaldas que parecía el jefe llamó enérgicamente al otro, y en un tono airado le reprendió su actitud. Este, luego de mirar a un lado y a otro, asintió a su jefe reconociendo su desliz. Otra vez hablaron por la radio con desconfianza. Cuando finalmente llegó el mayordomo real, el ambiente ya estaba demasiado tenso. Se notaba que ya venía advertido. Dispensó a Nuriddín una bienvenida fría. Ordenó a los guardaespaldas hacerse cargo del mural y, esgrimiendo tener activado el dispositivo de seguridad, se despidió cordialmente, pero con la misma frialdad, de los visitantes.

La prensa de los días siguientes alertaba de una supuesta célula integrista, que andaba por la zona con la misión de atentar contra el sultán. 

Un mes después, Nuriddín pensó que lo propio era ir al palacio de nuevo para ver los trabajos definitivamente instalados y hacer algunas fotografías. Pero esta vez iría solo, como fuera, pero solo. Tras dieciocho llamadas telefónicas infructuosas a Sheikj Mohammed, finalmente se puso un secretario. «Es que seguimos con el dispositivo de seguridad en alerta. Lo sentimos». Atando cabos, Nuriddín cayó en la cuenta, de golpe, de la imagen que podrían haber dejado sus visitas al palacio. «Tendría que haber ido yo solo, con mi furgoneta calabaza», pensó.

Como por arte de magia, la furgoneta calabaza entró en un estado de decrepitud que produjo gran desazón a todos. Las manillas de las puertas, los espejos y dos tapacubos aparecieron colgando de la noche a la mañana. El maestro se abrazó a la proa del agonizante bajel, deslizando la mano con suavidad por la fría chapa. Algunos viandantes dijeron luego que el maestro parecía estar acariciando las crines de su caballo ya exhausto. «Te repararé y serás de nuevo la fiel amiga que fuiste».

Pero no hubo tiempo. Algunos niños de la calle que siempre habían admirado aquella peculiar furgoneta, al verla tan desaliñada y con las puertas abiertas, pensando que estaba ya desahuciada, se instalaron por la noche en su interior. Como del amor al odio hay solo un pequeño paso, de las caricias iniciales pasaron aquellos diablillos a arrancarle el cambio de marchas, el volante, los relojes, la piel de la tapicería…

Cuando amaneció Nuriddín fue a su encuentro con la intención de llevarla a reparar. Cuando vio su estado, comprendió, abatido, que algo había hecho mal.

 

José Urbano © 2009

 

 

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