La carta medio escrita

 

A los amantes ilusos

 

Me dijo que me escribiría cartas, y yo la creí. ¡Qué ingenuo fui! 

Ni que decir tiene que yo estaba enamorado hasta la médula. Creo que ella también, aunque de otra manera. Yo era siete años mayor que Marta, no obstante, mi candidez era siete veces más grande que la suya, pues todas las cautelas que surgían eran de su parte. Yo entregué mi amor con la claridad de un iluso, y en cambio ella se prestó también, sí, pero minando el camino con estudiadas cautelas que destrozaban mi ilusión por aquella historia que acababa de nacer de forma idílica, al estilo de las telenovelas.

Un día se refirió a esas deliberadas precauciones. Ella pensaba que podría haberla conquistado solo para solapar el dolor de mi reciente divorcio. Pero aún había más. Como ella tenía cierta amistad con mi ex-esposa, que admiraba a Marta por su glamour, creyó que podría tratarse de una estratagema mía, un ardid de macho, para dañarla, enrabietarla o, simplemente, para pavonearme de mi éxito con damas de tanta alcurnia. Esto último no me lo dijo explícitamente, pero estaba en el ambiente, o al menos así lo percibí yo. Literalmente, sus palabras fueron: «Puede tratarse de amor o… de otra cosa».

Cualquiera que me conozca calificaría de impropia esa conjetura: ese no es, en absoluto, mi estilo. Doy fe de que todas las mujeres que hubo en mi vida dieron ellas el primer paso —bueno, todas excepto Marta, todo hay que decirlo, a quien mandé un misil directo al corazón para iniciar su conquista—, lo que me resta a mí cualquier mérito que pudiera haber en el asunto. Sí es cierto, como no, que aquel incipiente idilio con Marta hacía que me olvidara casi por completo de la ruptura con mi compañera de tantos años —ella sí estaba usando malas artes para dañarme—. Eso no voy a negarlo. Pero es así la vida: «Un clavo quita otro clavo, un amor quita otro amor», que decía Camarón. Pero no fue algo estudiado, ni mucho menos. Sucedió porque tenía que suceder. Aquel amor surgió como una lluvia repentina que todo lo moja, sin dar tiempo ni a recoger la ropa. 

Ahondando en el tema, Marta me llegó a decir que de momento ponía en cuarentena todas mis actitudes, a la espera de que el tiempo arrojara luz sobre lo nuestro. Es decir, que dijera lo que dijera, hiciera lo que hiciera, daba igual. En cierto modo yo comprendía sus recelos, no obstante, esa injusta desconfianza me descorazonaba, pero no tuve agallas para plantarme y hacerle ver con rotundidad mi desacuerdo con aquella precaución oprobiosa. Con razón dicen los sabios que el amor entontece a las personas.

Una de cal y otra de arena. Así pasamos aquel verano. Un día glorioso y el siguiente desgraciado. Una noche de amor y llanto por el día. Con el paso de los días surgieron conceptos nuevos: traición a una amiga, inconsistencia de mi proyecto vital… Respecto a lo de la traición no voy a decir nada, solo que mi conciencia está tranquila. Y en cuanto a lo de mi inconsistencia, ¿qué puedo decir? Yo solo era un artesano, un alma de artista tratando de sobrevivir con dignidad en este mundo, inmerso en la vorágine que supone una quiebra familiar, y sufriendo mil tropelías por el despecho de la que había compartido mi vida durante quince intensos años, quien, para más inri, se ocupó con afán de difundir la versión más mendaz sobre mí, con el objetivo de desacreditarme y truncar mi relación con Marta, de la que ya tenía conocimiento. Demasiado equilibrado estaba yo con la que tenía encima.

Cuando llegó septiembre tomé una determinación que marcaría mi vida, para bien o para mal, durante mi existencia. Desmonté todos los andamios de mi vida, arrojé al contenedor todos los objetos acumulados y reduje mis pertenencias materiales a una maleta. El corazón sí lo tenía rebosante de sentimientos, emociones y algunas cicatrices, pero eso no ocupa lugar a estos efectos. Compré un billete para un vuelo barato. Cuando quise darme cuenta estaba en Copenhague. 

Me dijo que me escribiría cartas. Es más, me dijo que la primera ya la tenía medio escrita. Fue tan diplomática que me dejó creer que se trataba de algo bueno para lo nuestro. Pero, qué de bueno podría decirme en esos duros momentos de no ser su petición de que no marchase. Y eso me lo tendría que haber dicho entonces, antes de embarcarme, y no por carta semanas después. La verdad es que no intentó disuadirme. Ni una sola vez, ni media. Tampoco voy a decir que percibiera su alegría porque yo me fuera lejos, eso sería especular demasiado, pero esa falta de un mínimo gesto para retenerme me dolió mucho. Si el caso hubiera sido al contrario, juro por lo más sagrado que le habría implorado de mil maneras que recapacitase, y que no partiera hacia un mundo incierto dejándome allí a merced del dolor. 

Aparte de que me escribiría con frecuencia, me dijo que vendría a Copenhague en Navidad para pasar esos días conmigo. Y yo la creí. Con esas dos ilusiones, como una marioneta suspendida por sus dos muñecas, llegué a aquel extraño país. 

El poco dinero que llevaba me alcanzó para dormir dos noches seguidas en un hotel barato y para malcomer, aunque mi apetito decidió por su cuenta quedarse en España. Anduve arrastrando la maleta y mi pellejo durante tres días por la ciudad, como una presencia fantasmal fuera de su hábitat, buscando cualquier señal que dirigiera mis siguientes pasos. Pero al cuarto día, al verme sin dinero, sin señales, alejado de mis queridos niños y sin nadie a quien recurrir, ya comencé a tomar conciencia de la situación de desamparo en que me encontraba. Me tocó dormitar algunas noches en una silla de plástico del aeropuerto y de la estación de trenes, y ya he dicho que comer, lo que se dice comer, no era algo prioritario. No quiero explayarme en detalles de aquel ingrato episodio, pero es fácil imaginarlo. 

La plena confianza en el Señor de los Mundos forma parte de mi carácter, pues sé que en las situaciones más infortunadas, si uno está alerta, al final llega la ayuda necesaria bajo la apariencia más insospechada. Y esta vez vino de la mano del canciller de la Embajada, un amable caballero salmantino que se sensibilizó con mi estado, y que con un par de llamadas me procuró un trabajo, que llevaba aparejo un bungaló compartido donde reposar mis despojos. Era en Roskilde, una ciudad preciosa a poco más de treinta kilómetros. ¡Ya tendría una dirección postal!

En realidad el primer trabajo era durísimo. Yo le había dicho al canciller: «el trabajo que sea», por lo que no tenía nada que objetar. Aguanté en ese puesto seis jornadas —una semana completa de lunes a viernes, más el lunes siguiente—, pues mi debilidad física no podía soportar tan enorme esfuerzo, a pesar de que lo intenté con todas mis ganas, ni mi carácter podía aguantar al cabronazo de encargado que me asignaron, que era un miserable. Algún tiempo después me enteré del motivo de la inquina que aquel mequetrefe me profesaba, pero eso no viene ahora al caso, aunque me eximiría de la sospecha de trabajador flojo. 

No obstante, en aquel bungaló permanecí doce días completos.

Ya el primer día me puse a escribir a Marta, ansioso por comunicarle mi dirección postal. Como eran palabras tan raras, se las hice escribir a tres compañeros por separado para asegurarme de su exactitud, no fuera que por cualquier baile de letras la carta de respuesta se extraviara por ahí. Con mi pluma Waterman le relaté algunas de mis peripecias. Ya le había escrito antes dos cartas más, pero en el remite solo hice figurar mi nombre. Pero ahora era diferente: ¡Ya tenía una dirección!

Deposité la carta en mano en la estafeta postal con el fin de aligerar algo el proceso. A los cuatro días de enviarla ya pensé que habría transcurrido tiempo suficiente para llegar hasta Granada ­—bueno, en realidad iba a un pueblo, por lo que demoraría algo más—, y para recibir la ansiada respuesta. Estamos en Europa, pensaba yo optimista, el servicio postal es modernísimo y, por lo tanto, rápido y eficiente. Pero, claro, no había carta. Es demasiado pronto, me decía para consolarme. Entre que llega, la lee, la relee, se decide a coger papel y bolígrafo, la repasa, la deposita en el buzón… Eso lleva su tiempo, por mucho que corra. Yo, en mi impaciencia, había imaginado las sacas de correos de Dinamarca, los operarios distribuyendo las montañas de sobres, los aviones, los furgones postales infatigables…

Todos los días, en cuanto acababa mi fatigosa jornada laboral, corría ansioso hasta la caseta de recepción adonde deberían llegar las cartas. Tenía que atravesar por medio de un bosquecillo, y, para llegar antes, prescindía de los caminos asfaltados y lo recorría campo a través, arañándome con los arbustos empapados, pues llovía a diario, y sin apenas luz. ¡Pero nada, no había carta! Insistía al matrimonio de ancianos que se encargaba de la correspondencia, no fuera que se hubieran confundido de buzón. Las tres hileras de buzones eran una sucesión de cajetines abiertos, como pequeños nichos, con su numerito metálico remachado en el canto. «Bungalow 32», les repetía a los laboriosos ancianos. Yo por mi parte, miraba y remiraba en el 32, en el 31, en el 33 y en todos los números que había en el universo. ¡Pero nada!

Cuando vinieron a recogerme de la agencia para llevarme de nuevo a Copenhague, para incorporarme a otro trabajo más cómodo, dejé a los compañeros de bungaló complejas instrucciones de qué hacer cuando llegase una carta para mí. Solo podía ser de Marta o de mis hijos, a quienes también había mandado mi dirección el primer día.

La agencia me proporcionó una habitación en un caserón alquilado para sus trabajadores. Vivían siete personas más, tres españoles, dos griegos, un polaco y un bosnio, todos músicos excepto este último.  Aquello era un desastre. Toda la casa destartalada, sucia y con numerosos desperfectos causados durante las borracheras de unos finlandeses que la habían habitado unos meses antes. Pero al menos tenía un colchón y un techo al amparo de aquel desagradable clima. ¡Y otra dirección postal para recibir las ansiadas noticias!

Pensé que lo mejor era llamarla por teléfono. Ya tenía un dinerillo por los seis días de trabajo en Roskilde, así que compré una tarjeta y desde una cabina pública, tembloroso por la emoción, me puse a ello. La noté fría, distante, un tanto contrariada diría yo. La para mí histórica llamada la pilló en casa de su padre, el prestigioso senador, durante una alegre comida dominical. Se escuchaban risas de fondo. Salió al jardín para hablar con más libertad. Me dijo que había recibido las dos primeras cartas —las que iban sin remite—, pero no la última, la importante, la que portaba victoriosa mi primera dirección postal en aquel triste país. Sin el menor atisbo de pena me dijo que existían dificultades con el cartero del pueblo, y que en ese momento no era muy seguro el servicio. El mundo se me desplomó encima. No obstante, al despedirse me dijo «te quiero mucho».

En vista de que el método epistolar no era fiable, derivé mi ansiedad hacia el teléfono. La llamé un par de veces en el siguiente mes. La notaba amable como siempre, pero persistía la distancia por su parte, distancia que nada tenía que ver con los dos mil cuatrocientos kilómetros que nos separaban. Me instó a que me consiguiera un teléfono porque le sabía mal que fuera yo siempre el que llamara. Eso me volvió a ilusionar. 

Con mis escasos ahorrillos compré el teléfono portátil más barato que existía en el mercado. Era amarillo, grandote. En el mes siguiente cambié de nuevo de domicilio dentro de la misma Copenhague, pero no de trabajo. Aunque le notifiqué la nueva dirección, y en vista del nulo éxito postal obtenido hasta entonces, mi atención se centró en la pantallita del teléfono. En el recinto laboral no se permitía llevar consigo el aparato. Al final de cada jornada corría ilusionado hacia la taquilla donde guardaba mi ropa de calle, y donde permanecía impaciente el aparatejo. Ya fuera de la fábrica, a cada instante comprobaba la dichosa pantallita, no fuera que llamase y no escuchara el anhelado ring-ring. Día tras día, la ausencia de una llamada perdida o un mensaje escrito iba minando mi esperanza. Algo iba mal.

Un tanto descorazonado la volví a llamar. Yo no pretendía ser pesado, pero para mí se trataba de algo vital. La angustia me estaba desbaratando. Sobre su falta de noticias me dijo que cuando le notifiqué mi número de teléfono lo había anotado en un periódico que tenía a mano, pero que, lamentablemente lo había extraviado. Se me volvió a desplomar el mundo. Es lógico, pensé, los periódicos pierden toda su vigencia al día siguiente, pasando irremediablemente a la historia, al capítulo del olvido. ¡A la basura! Pero podía haber tenido más cuidado. Yo habría apuntado su número en varios sitios diferentes para no perderlo, y guardado a fuego en mi memoria. Pero estaba claro que en su caso no era así. Le volví a dictar el número. «Ya lo tengo, ahora no se me perderá».

Mientras tanto, yo me había ocupado de decorar mi habitación para que estuviera bonita cuando ella viniera en Navidad. Ya faltaba poquito. Su visita me tenía bastante tenso, preocupado por que estuviera todo agradable cuando Marta llegara. Serían unos días maravillosos.

Pasaron otras tres semanas sin recibir el más mínimo gesto. Era el día 7 u 8 de diciembre. Cada día que pasaba sentía más amargura por su desinterés, pero yo en mi interior trataba de justificarla con argumentos cada vez más sutiles. Se acercaba la fecha y yo tenía que programar mi agenda para las fiestas navideñas, pues en la fábrica había que organizar turnos, ya que muchos operarios tomaban unos días de vacaciones. Así que, armándome de valor, la llamé. Le pregunté acerca de su promesa de venir a visitarme para Navidad. Me contestó sin dudar: «¡Qué va, qué va! ¡Totalmente imposible!». Se me nubló la vista y a punto estuve de marearme en la cabina. No podía creer tanta indiferencia hacia mi persona. Y cuando todavía no me había repuesto del shock, para rematar, me suelta: «Verás… no sé cómo decírtelo… Es que estoy saliendo con Javier, no sé si lo recuerdas, creo que te hablé de él. Me engatusó y me pidió una oportunidad. Ya llevamos dos… dos o tres meses, creo».

 

José Urbano © 2009

 

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