El valle de los Doce Arroyos

 

Con siete años huyó solo al campo, aterido. Le sobraban las personas. Todas. El miedo atroz a la gente fue dando paso al pavor a la oscuridad de la noche. El niño de la gorra de borla tuvo que aprender a subsistir entre los árboles, animales y arroyos. El horror vivido lo atenazaba, pero no quería pensar: tenía que sobrevivir, aunque no le apeteciera. No le fue mal porque necesitaba muy poco. Sabía que podía hablar porque, de vez en cuando, tatareaba una canción de cuna que le canturreaba su madre para dormirle. No recordaba bien la letra. ¡Hacía tanto tiempo…! Realmente no sabía muy bien si se la cantaba a él o a su hermano Turak, un año mayor que él. Pero daba igual, pues acababa por dormirse plácidamente.

Aprendió el lenguaje de los pájaros y el significado de los vientos. Intimó con los chacales. Venció el frío, el hambre y la enfermedad. Pero le faltaba algo.

Con doce años decidió conocer el idioma de las personas. Aprendió solito a leer y escribir. Le fascinó la experiencia. Ahora sabría ponerles nombre a las cosas. De hecho, le gustó tanto que se dedicó en cuerpo y alma a escribir, lo que le eximía de bregar con las personas. Devoró miles de libros de todos los colores. Prefería escribir en prosa, recreándose en minuciosos detalles. Compuso doce novelas, centenares de cuentos, ensayos sobre las plantas… Pasaron los años. Le seguían sobrando las personas. Casi todas. Mas ahora le sobraban también las palabras.

Con cuarenta años decidió escribir únicamente poesía. Pensó que era injusto prescindir de todas las palabras, y la poesía le permitiría expresar su mundo con muy pocas, las mínimas. «Toda la hojarasca que se cuela en la prosa no hace sino confundir los conceptos», pensaba. El poeta del sombrero beige era capaz de describir todo un universo de emociones en una cuartilla. Sus poemas recorrían el mundo. Los enamorados recitaban sus versos con los ojos entornados. ¿Podía pedir más? No obstante, Taine no era feliz. A estas alturas ya dudaba sobre qué le sobraba. Más bien, lo que se planteaba ahora es qué le faltaba.

Comprendió lo que le faltaba cuando se enamoró locamente de aquella violinista de blanquísimo cuello de cisne. Yamuna también era de pocas palabras, pero sus bellos ojos verdes encandilaron sus sentidos de una forma que hasta le dio miedo. Cada movimiento de sus gráciles dedos era una promesa de sublimes paraísos. Yamuna colmó su vida de dicha. Viajaron por el planeta entre muestras de admiración por sus artes. Lo más exquisito de la música y de la poesía confluyeron en aquel amor idílico, que representaba el arquetipo del glamur. Pero Taine tenía miedo. Cada día más miedo.

Era miedo a perderla, sin duda alguna. Cuando nada se tiene o nada se desea no hay temor que se atreva. Pero este ya no era el caso. 

Y sucedió lo peor. Yamuna, la más lozana de las flores, de la noche a la mañana perdió la salud. Consultaron a los mejores médicos del planeta y ninguno fue capaz de diagnosticar el mal que la tenía postrada. Falleció una luminosa mañana de junio. Tenía veinticuatro años. 

Taine quedó desbaratado por el dolor. Quería morir, pero no debía. Otra vez de vuelta a empezar. Descorazonado, tomó un avión hasta Katmandú, ingresando a los pocos días en un templo legendario. La continua oración, el recogimiento y el aire puro del Himalaya aliviaron sus pesares. Se juró no desear nada y ser estrictamente selectivo con los regalos que la vida, sin pedirlos, le ofreciera.

Siendo ya un viejecito, una clara mañana vino un niño a la puerta del monasterio a pedir limosna. Tendría unos siete años. El monje que abrió la puerta lo despachó con cierto desdén. «Nosotros somos todavía más pobres que tú», le dijo. Taine, que por azar presenció la escena, corrió tras el niño.

—Debes perdonar a mi compañero. ¿Por qué pides limosna, hijo?

—Estoy solo en la vida, señor, y es preciso alimentarse.

—¿Y tus padres?

—Murieron.

—¿Por enfermedad?

—No, señor. Los asesinaron unos soldados. Yo pude huir.

Al escuchar las palabras del niño, el monje se desmoronó. Las pavorosas imágenes de su infancia vinieron a su retina como flashes endiablados, sucediéndose vertiginosamente como desgarradores machetazos. Volvió a sentir en sus carnes la bala en la frente que mató a su padre y el bayonetazo a su querida madre. Vio los ojos desorbitados de su hermano Turak, las risas de los soldados… Se vio él mismo, con el pantalón corto verde pistacho y su camisita blanca, agazapado en la alacena, atemorizado.

Miró al niño con ternura. Sonrieron. Una abubilla surcó el cielo.

—¡Vamos, hijo! Permíteme que guíe tus pasos y vele por ti.

Sin mirar atrás, sin despedirse de nadie, tomó al niño de la mano y descendieron por el sendero de los Desposeídos. «Construiremos una casita de barro…».

El niño se convirtió en hombre y fue el rey más justo de su tiempo. Taine vivió ciento veinte años y sus cenizas fertilizaron el valle de los Doce Arroyos.

 

José Urbano © 2009

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