Certámenes literarios y mi dichosa ingenuidad

     El cándido que esto suscribe esperaba con ilusión a la última semana de enero, fecha en que se fallaba el II Premio CajaGranada de Novela Histórica, al que había presentado su ópera prima. La primera ingenuidad consistió en osar presentarse a un certamen tan memorable, más por su elevada dotación económica que por su prestigio como premio literario, habida cuenta que ésta era su segunda edición. Pero tal osadía no tenía nada de presuntuosa. Simplemente, este ingenuo autor mantenía que si no había ahorrado esfuerzos para escribir su obra con rigor, también era razonable no restringirse a la hora de aspirar, con la sana intención de ver su texto impreso en papel de la mano del mayor grupo editorial en lengua castellana. Todo esto sabiendo que esperar que su obra se alzase ganadora entre los cientos de manuscritos que optaban a tal galardón era como jugar a una especie de lotería con escasa probabilidad.

     Pues bien, el viernes día 29, desayunándome como de costumbre hojeando el diario IDEAL, leo lo siguiente: «La escasa rumorología existente apunta a que uno de los seudónimos esconde un gran nombre del sello Mondadori, ya que la empresa editorial quiere apostar por este premio para ofrecerle un marco promocional a uno de sus fichajes». ¡Menudo fiasco! El anhelado fallo del jurado se haría público durante una cena de gala esa misma noche, aunque en esta noticia ya se adelantaba el título y seudónimo de las tres novelas finalistas, entre las que no figuraba la mía, claro.

     Ya muy desalentado, esa noche estuve pendiente de la evolución de la mencionada cena de gala, donde el grupo editorial Random House Mondadori (copatrocinador del certamen) había congregado a los pesos pesados de su prestigioso sello para dar fuste al evento. Y, efectivamente, tal como apuntaba el rumor, el premio recayó en la obra La princesa de las brumas, presentada bajo el seudónimo Adriana que encarnaba a Jesús Maeso de la Torre, un autor de la casa.

     Para más inri, al día siguiente del fallo, en el mismo periódico leo una entrevista con el autor galardonado, en la que reconoce ser amigo personal de dos miembros del jurado: el presidente del mismo José Calvo Poyato y el escritor Juan Eslava Galán.

     Por supuesto que la trayectoria literaria de don Jesús Maeso —a quien felicito de corazón— es muchísimo más nutrida y cualificada que la mía, que como dije soy un principiante, y estoy seguro de que su obra ganadora supera en mucho a la que yo mismo presenté. No obstante, por un sencillo cálculo de probabilidades, me resulta difícil digerir que la elección de una obra entre 315 seudónimos recaiga, curiosamente, en la de un autor del propio sello editorial y que, además, sea amigo personal de dos miembros del jurado. Puedo asegurarles que no soy una persona desconfiada, y que siempre defendí a capa y espada la transparencia de los certámenes literarios, pero en esta ocasión me van a permitir que albergue una duda razonable, a riesgo de equivocarme, en cuyo caso rectificaría sin ambages.

     Por supuesto que considero legítimo que una editorial decida catapultar a sus propios autores, faltaría más, lo que además constituye parte esencial del negocio de los libros. Pero en este caso, muy legítimo insisto, habrá mil formas de hacerlo sin recurrir a la convocatoria de un certamen abierto, al que concurrirán cientos de autores ilusionados creyéndose amparados por el anonimato que presupone presentarse bajo un seudónimo, y que, mientras dure el proceso de selección, han de abstenerse de realizar gestiones por otras vías con la noble aspiración de que su obra vea la luz.

     No pretendo con estas líneas incomodar a nadie ni suscitar ninguna polémica, pero así es como lo he vivido en mis propias carnes, al tiempo que espero poder seguir contando con este blog, auspiciado amablemente por la editorial nombrada en esta modesta columna. Pero me temo que poco me verán ya los empleados de Correos enviando paquetitos llenos de folios esperanzados. Más lo siento yo.

José Urbano © 2010

Deja un comentario