Soneto de la rosa amarilla

A Fatima Issa

No creía que pudiera crecer
entre mi jardincillo septentrional,
áspero, frío, inhóspito, banal,
tibieza alguna ya al atardecer. 

Erré y brotó como el amanecer
una rosa amarilla sensacional,
altanera, misteriosa y virginal,
pintando en ébano mi padecer.

Te entregué, sin pensar, mi sentimiento.
Doré mis vestigios con tu esperanza.
¡Te abrazaba cual naufrago sediento!

Llegó, hora maldita, la balanza,
y no te ofrecí la rosa. Hoy lo siento.
Te invoco, Fatimah, con añoranza.

José Urbano © 2011
 
 
 
 

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